lunes, 15 de junio de 2026

Israel: Proyecto colonial

Israel mantiene un sistema basado en ocupación, apartheid territorial, expansión de asentamientos y desplazamiento palestino permanente mientras parte de Occidente sigue actuando como si todo fuera simplemente “un conflicto complejo”.

Vista desde Belén de una colonia israelí en Cisjordania.


El debate sobre si Israel es un proyecto colonial ya no puede esconderse detrás de mitos bíblicos 


Durante años, hablar de Israel como un proyecto colonial era presentado casi como una herejía política reservada a círculos académicos o activistas. Ahora la realidad ha terminado rompiendo esa barrera. El artículo del investigador palestino Sleman Altehe (enlace en el primer comentario) recuerda algo fundamental: el colonialismo no se define por ADN, genealogías ni relatos religiosos. Se define por relaciones de poder. Por quién controla la tierra, quién impone soberanía, quién puede construir, desplazarse o vivir con derechos y quién queda sometido a un régimen de exclusión y desposesión. Y ahí la realidad es bastante difícil de maquillar. Israel mantiene un sistema basado en ocupación, apartheid territorial, expansión de asentamientos y desplazamiento palestino permanente mientras parte de Occidente sigue actuando como si todo fuera simplemente “un conflicto complejo”.


El texto desmonta además uno de los grandes refugios narrativos del sionismo contemporáneo: usar la conexión histórica del pueblo judío con Palestina como si eso invalidara automáticamente cualquier análisis colonial. No funciona así. Que exista una relación histórica, cultural o religiosa con la tierra no borra el hecho político de que el Estado israelí moderno se construyó mediante expulsiones, jerarquías étnicas, apropiación territorial y supremacía legal sobre la población palestina. El propio artículo insiste en que la pregunta relevante no es “quién estuvo primero”, sino “qué régimen se ha creado y a costa de quién”. Porque convertir una reivindicación histórica en un sistema de dominación contemporánea sigue siendo colonialismo, aunque se vista de retorno bíblico, seguridad nacional o democracia occidental avanzada.


EL COLONIALISMO MODERNO YA NO NECESITA CASCOS IMPERIALES

El texto también señala algo incómodo para muchos debates simplistas: reducir todo a “colonos” frente a “nativos” como categorías puras puede convertirse en una trampa política. La historia de Palestina nunca fue étnicamente estática ni lineal. Pasaron imperios, pueblos y migraciones durante siglos. Pero precisamente por eso el debate serio no debería centrarse en purezas identitarias, sino en estructuras actuales de dominación. ¿Quién controla el territorio entre el Jordán y el Mediterráneo? ¿Quién tiene derechos plenos y quién vive bajo ocupación militar? ¿Quién disfruta de ciudadanía completa y quién sobrevive entre checkpoints, bombardeos y asentamientos armados? Ahí está el núcleo del problema.


Mientras Israel sigue ampliando asentamientos, judaizando territorios y blindando un modelo de supremacía territorial respaldado militarmente, parte de Europa y Estados Unidos continúan financiando, armando y legitimando ese sistema. Y luego llega el cinismo habitual: pedir “moderación” a quienes llevan décadas siendo expulsados, bombardeados o convertidos en población sobrante dentro de su propia tierra. El artículo concluye que el colonialismo no desaparecerá apelando a precedencias históricas, sino desmontando las prácticas que lo sostienen: supremacía, desposesión, soberanía exclusiva y negación del otro. Porque ningún pueblo debería necesitar demostrar pureza ancestral para merecer derechos básicos. Y ninguna democracia real puede construirse sobre la expulsión permanente de otro pueblo.

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Fuente: Spanish Revolution


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